Comer en compañía

La vida urbana reduce al máximo el tiempo para la convivencia. ¿Comer en familia sigue siendo un factor de cohesión?

 

En cualquier ruta hacia la felicidad alimentaria resulta clave no perder las relaciones sociales, vecinales y, sobre todo, familiares. Si no, acabaremos convertidos en comensales solitarios, alejados de lo que debería ser una buena comida: un festejo donde se convive, se comunica y se discute. Vamos, donde se vive.

Una comida en buena compañía es un maravilloso lugar de encuentro, celebración, intercambio, convivencia y felicidad. Pero las cosas están cambiando muy rápido. El hogar, donde la familia convivía y se reunía para cocinar y para comer, ha dado paso como lugar de encuentro al comedor o las habitaciones donde la comida se traslada desde la cocina en bandejas individuales. En esta evolución hay, sin duda, una pérdida porque las relaciones de vecindad, amistad, convivencia y humor surgen y existen básicamente en torno a la mesa.

“Una comida en buena compañía es un maravilloso lugar de encuentro, celebración, intercambio, convivencia y felicidad”. 

 

Muchos de los que piensan que hay una crisis alrededor de la familia están convencidos de que se debe al hecho de que ya apenas comemos juntos, mientras los niños se llevan la bandeja a su cuarto o al sofá para ver la televisión. ¿Ya no hablamos mientras comemos? En el mundo urbano no tenemos tiempo. No comemos tranquilos, conversando e intercambiando, y eso hace que nos sintamos cada vez más solos. Antes, las familias transmitían experiencias (formas y modos de comer y alimentarse) y valores frente a un sistema educativo que se dedicaba a transmitir conocimientos. Pero las familias se han desintegrado mucho por las exigencias profesionales y las distancias a los lugares de trabajo. Los niños pasan cada vez más tiempo en los colegios y es allí donde reciben la mayor parte de los mensajes. En todo caso, nos deben enseñar a comer y si no puede ser en casa, que sea en el colegio y luego en la universidad.